Pensamientos
→
El orden
Ordeno mi ropa por colores.
No es broma. Abres mi armario y está todo organizado: los blancos a la izquierda, luego los grises, los azules, los negros al final. Cada prenda en su sitio. Cada cosa donde tiene que estar. Hay gente que ve esto y piensa que es excesivo, que es TOC, que es raro. Puede que tengan razón. Pero cuando abro ese armario por las mañanas y veo todo en su lugar, siento una paz que no sé explicar.
No sé si esconde algo.
Probablemente sí.
Soy cuadriculado. Siempre lo he sido, pero hubo un tiempo en mi vida que lo amplificó todo.
Pasé un año en Afganistán como Sargento del Ejército del Aire.
No lo cuento para impresionar a nadie. De hecho, no lo cuento tantísimo porque no sé muy bien qué hacer con las reacciones de la gente. Algunos asumen ideas preconcebidas. Otros cambian de tema rápidamente, incómodos. Otros quieren saber si mataste a alguien, como si eso fuera una pregunta normal que se le hace a una persona.
La verdad es menos épica y más complicada.
Afganistán no me convirtió en un superhombre. No volví más fuerte, más duro, más preparado para la vida. Si algo hizo, fue lo contrario. Me hizo más frágil. Me dejó grietas en sitios que no sabía que existían. Me enseñó que hay cosas que no se procesan fácilmente, que se quedan dentro ocupando espacio, que aparecen cuando menos las esperas.
Y me enseñó a necesitar el orden como nunca antes lo había necesitado.
En el ejército todo tiene su sitio.
Tu ropa se dobla de una manera específica. Tu cama se hace de una manera específica. Tu equipamiento va en un lugar concreto y ese lugar no cambia. Hay protocolos para todo. Procedimientos. Rutinas que se repiten día tras día hasta que se convierten en parte de ti.
Al principio lo odias. Es rígido, es arbitrario, es excesivo.
Y luego entiendes por qué existe.
El orden es una forma de control cuando todo lo demás está fuera de control. Cuando estás en un lugar donde las cosas pueden irse a la mierda en cualquier momento, tener tu equipamiento exactamente donde debe estar no es manía: es supervivencia. Saber que tu rutina se va a cumplir, que hay estructura, que hay algo predecible en medio del caos, es lo que te mantiene funcionando.
El orden se convierte en ancla.
Y cuando vuelves a casa, cuando ya no estás en ninguna zona de conflicto, cuando tu vida es objetivamente segura y tranquila, el ancla no desaparece. Se queda. Porque tu cabeza todavía no sabe que el peligro ha pasado. Porque hay una parte de ti que sigue necesitando que las cosas estén en su sitio para sentir que todo está bajo control.
No sé si esto es sano o es una forma de esconder algo.
Probablemente las dos cosas.
Ordeno mi armario por colores y siento paz. Ordeno mi escritorio antes de empezar a trabajar y siento paz. Ordeno mi casa, mis archivos, mis listas de tareas, mi vida entera en categorías y subcategorías, y cada cosa en su lugar me da una calma que no encuentro de otra manera.
Pero a veces me pregunto qué pasaría si dejara de ordenar.
Qué hay debajo de toda esa estructura. Qué sentimientos estoy manteniendo en su sitio al mantener todo lo demás en el suyo. Qué cosas he colocado tan bien, tan organizadas, tan perfectamente archivadas, que ya ni siquiera las miro.
El orden como protección.
Eso es lo que creo que es, en el fondo. Una forma de mantener a raya las cosas que podrían afectarme. Si todo está en su sitio, si hay estructura, si hay control, entonces las emociones también se quedan donde tienen que quedarse. No se desbordan. No invaden. No aparecen en mitad de un martes cualquiera para recordarte cosas que preferirías no recordar.
Escribir es otra forma de orden.
Esto lo descubrí después, mucho después de volver. Siempre escribí pero tras volver se volvió más terapia. Que poner palabras a las cosas es una manera de colocarlas. De sacarlas de ese lugar caótico donde flotan sin forma y darles estructura, principio, medio, final. De decir: esto es lo que pasó, esto es lo que sentí, esto es lo que significa.
La escritura como vía de escape, sí. Pero también como vía de organización.
Cuando escribo sobre algo, deja de ocupar tanto espacio dentro de mí. Es como si al ponerlo en palabras lo sacara de la cabeza y lo pusiera en un estante donde puedo mirarlo desde fuera. Donde puedo decidir cuándo lo toco y cuándo lo dejo estar. Donde tiene un sitio que no es el centro de todo.
Mis personajes ordenan sus vidas de formas diferentes. Algunos corren. Otros beben. Otros trabajan hasta no sentir nada. Yo ordeno armarios y escribo historias. Cada uno se las apaña como puede.
Hay días en los que me pregunto si debería ser menos así.
Menos cuadriculado. Menos estructurado. Menos obsesionado con que cada cosa esté en su lugar. Hay gente que vive en el caos y parece feliz. Gente que tiene la ropa tirada por cualquier parte y no le afecta. Gente que improvisa, que no necesita controlar cada variable para sentirse bien.
A veces los envidio.
Pero luego pienso en todo lo que he vivido, en todo lo que cargo, en todas las cosas que podrían desbordarse si les dejo demasiado espacio. Y pienso que quizás el orden no es una debilidad ni una rareza ni algo que tenga que arreglar.
Quizás es simplemente mi manera de estar en el mundo.
La manera que encontré de seguir funcionando cuando las cosas se pusieron difíciles. La manera que me permite levantarme cada día y hacer lo que tengo que hacer sin que el pasado me paralice. La manera que me da paz.
Y si esa paz viene de ordenar camisetas por colores, pues que así sea.
No tengo respuestas sobre esto.
No sé si mi necesidad de orden esconde algo profundo o simplemente es cómo soy. No sé si soy así porque estuve en Afganistán o si ya era así antes y Afganistán solo lo intensificó.
Lo que sé es que funciona.
Que abro el armario por las mañanas y todo está en su sitio y respiro mejor. Que me siento a escribir y las palabras van ordenando cosas que dentro de mí estaban desordenadas. Que hay algo en la estructura que me sostiene, que me protege, que me permite seguir adelante.
Quizás algún día explore qué hay debajo de todo eso.
Quizás algún día me atreva a dejar que las cosas se desordenen un poco, a ver qué pasa, a ver qué sale.
Pero hoy no.
Hoy voy a doblar unas camisetas y a colocarlas donde tienen que estar. Y eso, por ahora, es suficiente.