Pensamientos

17 de diciembre de 2025

17/12/25

Su voz

No recuerdo la voz de mi padre.

Lo he intentado. Muchas veces. Cierro los ojos y busco en algún rincón de la memoria ese sonido que debería estar grabado en alguna parte, porque lo escuché durante veintipocos años, porque fue una de las primeras voces que oí en mi vida, porque era mi padre.

Pero no está.

O está tan enterrado que no soy capaz de encontrarlo. Y no tengo ni un solo audio donde buscarlo. Ni un mensaje de voz. Ni un vídeo casero donde se le escuche hablar. Nada. Su voz se ha perdido para siempre y yo no puedo hacer absolutamente nada para recuperarla.

Esto es lo que no te cuentan del duelo.

Te dicen que el tiempo cura. Te dicen que hay etapas y que un día llegas a la aceptación y sigues adelante. Te dicen que se supera.

Once años.

Once años y no he superado nada.

He aprendido a vivir con ello, que es diferente. He aprendido a cargar el peso de una forma que me permite seguir caminando, trabajando, riendo, haciendo vida normal. Pero superar, lo que se dice superar, no. El hueco sigue ahí. Y a veces, cuando menos lo esperas, te caes dentro de él.

Su cara también se ha desdibujado.

Sé cómo era, conozco los datos: no tenía barba ni bigote, vestía de traje a diario, tenía los ojos oscuros, era más bajo que yo. Pero cuando intento verlo, cuando cierro los ojos e intento reconstruir su rostro, hay un hueco donde debería estar él. Como una fotografía dejada al sol demasiado tiempo. Sé que existió pero ya no puedo verla.

Y su voz. Su voz que por mucho que quiera no consigo recordar.

A veces pasan cosas absurdas.

He ido por la calle y una tos me ha recordado a él. Una tos. Algo tan insignificante, tan común, tan imposible de asociar con una persona concreta. Pero algo en ese sonido, el timbre, la cadencia, no sé, ha hecho que mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza.

Me he girado como un loco.

Sabiendo que no era él. Sabiendo que es imposible. Sabiendo que lleva once años muerto y que por mucho que me gire no va a estar ahí. Pero girándome igualmente, con el corazón acelerado y algo parecido a la esperanza, esa cosa irracional y estúpida que no entiende de lógica ni de tiempo ni de muerte.

Ojalá fuera él.

Ojalá.

Lo echo de menos en cosas que no deberían importar.

Cosas tontas. Cosas pequeñas. Me compré un coche hace poco y lo primero que pensé fue que a él le habría hecho muchísima ilusión. Habría querido verlo, sentarse dentro, preguntarme cosas sobre el motor aunque yo no tenga ni idea de motores. Habría estado orgulloso.

Hace unos años me hicieron un artículo en un periódico sobre mi empresa. Y mientras lo leía, mientras veía mi nombre impreso en papel, lo único que podía pensar era: mi padre no va a ver esto.

Y es que el orgullo de madre es diferente al orgullo de padre.

Mi madre me quiere incondicionalmente. Con que me abrigue, con que coma bien, con que esté sano, ella es feliz. Su amor es cálido y constante y envolvente, y lo agradezco cada día de mi vida. Pero el orgullo de mi padre era otra cosa. Era más mudo pero más visible. Era pecho hinchado. Era andar como flotando. Era ese brillo en los ojos que tienen los padres cuando ven a sus hijos hacer algo que les llena de satisfacción.

Mi padre habría flotado viéndome ahora.

Habría hinchado el pecho con mi coche, con mi artículo, con las cosas que he construido. No habría dicho mucho, probablemente. Nunca fue de muchas palabras. Pero habría tenido ese brillo. Esa forma de mirarme que significaba más que cualquier discurso.

Ese brillo ya no existe en ningún sitio del mundo.

El duelo no se supera.

Once años después puedo decirlo con certeza. No hay un día en el que te despiertas y ya no duele. No hay una etapa final donde todo se resuelve. Lo que hay es una especie de pacto con el dolor: tú me dejas vivir y yo acepto que siempre estarás ahí.

Algunos días el pacto funciona bien. Semanas enteras sin pensar en ello, sin caerme en el hueco, sin buscar su cara cuando cierro los ojos. Vida normal. Vida que sigue.

Y otros días una tos en la calle me destroza.

Otros días me compro un coche y siento un vacío tan grande que no sé cómo cabe dentro de mí. Otros días cierro los ojos e intento con todas mis fuerzas recordar cómo sonaba su voz, y no puedo, y eso es lo más solitario que he sentido nunca.

No tengo ningún audio.

Esta es la parte que más me persigue. Vivimos rodeados de tecnología, grabamos todo, documentamos cada momento de nuestras vidas. Y yo no tengo ni un solo segundo de la voz de mi padre. Ni un mensaje guardado. Ni un vídeo olvidado en algún cajón digital. Nada.

Se me fue sin darme cuenta de que se iba.

Supongo que es lo que pasa cuando alguien muere de repente. No te preparas. No piensas en grabar su voz porque asumes que siempre estará ahí. No le dices las cosas que deberías decirle porque crees que habrá tiempo.

Y luego no lo hay.

Y te quedas con las conversaciones que no tuviste, con las palabras que no dijiste, con una voz que existió durante décadas y que ahora solo vive en un lugar de tu memoria al que no consigues acceder.

A veces me pregunto si esto le pasa a todo el mundo.

Si todos los que han perdido a alguien importante llegan un día a este punto donde el recuerdo empieza a desdibujarse. Donde la cara se vuelve borrosa y la voz desaparece. Donde lo único que te queda son datos, hechos, descripciones que podrías leer en un documento pero que no tienen vida.

No sé si es normal o si hay algo roto en mí.

Solo sé que duele.

Duele no poder verlo cuando cierro los ojos. Duele no poder escucharlo cuando lo necesito. Duele saber que cada año que pasa lo tendré menos, que la memoria es cruel y sigue borrando cosas, que un día quizás no quede nada excepto la certeza abstracta de que existió.

Y duele, sobre todo, saber que él no va a ver nada de lo que venga.

Que puedo comprarme todos los coches del mundo y conseguir todos los artículos en todos los periódicos, y él no va a estar ahí para hinchar el pecho. Que puedo hacer todo lo que soñé hacer y más, y ese brillo en sus ojos no va a existir nunca más.

Once años.

Y todavía me giro cuando alguien tose en la calle.

Alejandro Valero © 2025

Alejandro Valero © 2025